Noventa minutos en los que el alma de los hombres se transforma

El balompié ha recorrido el tiempo sin que nada lo detenga. Es más que una pasión de multitudes o una competencia de atletas que corren detrás de una pelota de cuero, coreados por cientos de gargantas. El paroxismo eleva los cánticos y la celebración cuando alguno de los equipos marca un gol. Es, en esencia, un espejo de la humanidad en lo social y en lo político.

Desde el primer juego hasta hoy, arribamos al partido número mil. Se convertirá en una cifra mítica, en un suceso histórico que comenzó en los inicios del siglo XX. Montevideo, Uruguay, 1930, fue el detonante de lo que más adelante serían las confrontaciones universales. Se enfrentaron simultáneamente Francia Vs México y Estados Unidos contra Bélgica. Allí comenzó todo, y hoy, en 2026, tras alcanzar ese hito, con el partido entre Japón y Túnez, cuenta mil encuentros que han generado dolores, luchas, treguas y reacciones, no solo de los estadios sino de países enteros.

Con razón se le denomina el deporte universal, el lenguaje de los que desde el campo de juego, acompañados por los de la tribuna, reescriben los destinos de las naciones.  El fútbol es confrontación pero también diplomacia. Ha sido capaz de paralizar por algún tiempo los espacios de los odios para imponer el juego que reivindica y que perdona. Ha silenciado fusiles en las guerras, o ha hecho que naciones en conflicto se confronten en un campo de fútbol. La historia lo registra con orgullo: 1914 soldados alemanes y británicos jugaron un partido en lo que se denominó «la tierra de nadie». La pelota hizo el milagro y por varios minutos cesaron los disparos.

Nigeria 1969: En la guerra de Biafra, se acordó un alto al fuego de 48 horas. El motivo no podía ser más humano: se pactó la tregua para que tanto la población como las tropas pudieran ver jugar a Pelé en un partido de exhibición con el Santos en Lagos.  

Y así hay otros momentos de la historia en los que el balompié dirimió los odios, apaciguó los ánimos guerreristas, para que los hombres se entregaran a la pasión que los alienta. Al final de esa hermosa confrontación de noventa minutos, los adversarios se dieran la mano, felicitaran y celebraran los triunfos.

Durante el juego no hay poderíos territoriales. En la cancha es la astucia y el buen juego los que resuelven el momento, siempre con base en el talento de los jugadores. Los hombres que se enfrentan en la cancha son ciudadanos de la competitividad y la sagacidad.   

El juego de la pelota también ha servido para darle sorpresas a los opresores. En noventa minutos de juego, algunas potencias han visto derrumbar sus convicciones en los pies de quienes saben que el juego libera, que también es libertad el ganar una confrontación arbitrada.

Los que menos tienen son los que más han gritado la emoción del gol en las canchas del mundo. Por eso llegar al partido número mil, es más que una hazaña. Es la reafirmación de que el fútbol cohesiona, reivindica, teje redes indisolubles. En cada estadio donde una pelota ruede, se repetirá el ritual de la confrontación, de las ansias de poner en alto una bandera o el nombre de un país. Es la condición humana y el sueño de los que juegan y los que van a los estadios: ganar esa pequeña batalla de tan solo noventa minutos en los que el alma de los hombres se transforma y se vuelve más humana, sensiblemente humana.