Por Manuel Tiberio Bermúdez

En ocasiones las palabras toman caminos que conducen a formas precisas. «Él o ella son una joya» decimos para ponderar las cualidades de un ser humano.

Esa definición hoy se está haciendo realidad gracias a la tecnología que permite convertir cenizas humanas en joyas conmemorativas.

Los informes dan cuenta de que existen procedimientos de laboratorio que utilizan las cenizas de la cremación para transformarlas en gemas sintéticas que pueden ser talladas y usadas como reliquias conmemorativas.

El proceso, aunque lento, permite que la memoria de un ser humano o animal permanezca junto a quien lo desea.

Hay empresas que mediante técnicas de Alta presión y alta temperatura (HPHT) están en capacidad de producir joyas a partir de las cenizas extraídas de una cremación. Cada pieza requiere unos doscientos gramos de cenizas, y el proceso puede tardar entre seis meses y un año. 

Por otra parte, los antecedentes de este proceso los hallamos a finales de la década de 1990 cuando se utilizó la presión y las altas temperaturas para fabricar gemas artificiales con destino a usos ópticos y electrónicos. No faltó quien se cuestionara si el proceso se podría aplicar al carbono presente en las cenizas humanas. Fue Suiza la pionera que dio la respuesta ya que fue la primera en crear diamantes conmemorativos creados a partir de los restos cremados.

El método es el siguiente: el carbono obtenido se convierte en grafito, se compacta y se somete a calor y presión extrema hasta cristalizarlo y convertirlo en diamante. Así se obtiene una pequeña piedra que luego se pule y se talla como las piedras preciosas.

El «regalito» para conservar la memoria del ser amado o la mascota varía entre 4000 y 24 mil dólares. Como en algunos países está prohibido conservar urnas funerarias en casa, la opción de la joya es una alternativa propicia para mantener cerca, no solo la remembranza, sino parte de los fallecidos.

Pero esta práctica aunque novedosa no es nueva. La historia señala que en el siglo XIX se elaboraban «joyas de luto» o relicarios con cabellos de los difuntos que se incrustaban en medallones. Así mismo algunas culturas precolombinas mezclaban restos óseos pulverizados con materiales ceremoniales y elaboraban objetos de culto.

Hoy, países como Suiza, Alemania, EE.UU, Japón, España e Italia entre otros, elaboran estas joyas conmemorativas. En otros donde se prohíbe la conservación de urnas funerarias en casa, las personas encuentran en esta alternativa la posibilidad de seguir conservando recuerdos cercanos de un ser amado ya que se puede lucir como una joya pero en realidad es un recuerdo que perdura que afianza un vínculo con los seres amados.

Esta práctica no ha estado exenta de detractores y de prohibiciones como la de la Iglesia católica que prohíbe la dispersión de cenizas y el uso en objetos como joyas.

Sin embargo, los seres humanos no nos escapamos al anhelo de conservar recuerdos. Mechones de cabellos, fotografías, prendas, cenizas en resinas, cenizas mezcladas con arcilla para luego producir pequeñas esculturas conmemorativas y, ahora joyas que llevamos para que la presencia del amado sea permanente y así derrotar el olvido.