Por Manuel Tiberio Bermúdez
Hay libros que impactan por su contenido, los hay novedosos por su rareza, pero otros nos impresionan por su arquitectura, por la propuesta especial con la que nos sorprenden.
Tal el caso de Instructivo para habitar un laberinto, cuyo autor es Olaff Crown. No es un libro convencional, rompe con la normalidad y desde sus páginas nos propone nuevas miradas hacia ese objeto maravilloso que es un libro con el que la humanidad ha derrotado el olvido.
Olaff, es colombo venezolano y reside en nuestro país hace varios años. Es artista plástico contemporáneo, especializado en arte sicalíptico, diseño gráfico y temas medio ambientales. Además Crown escribe con gran solvencia poesía y relatos.
Para quienes no lo recuerda
el arte sicalíptico —es ese erotismo sugerente, pícaro, que bordea el deseo sin
caer en lo explícito—. ¿Cómo se cruzan la sicalipsis y esa frontera invisible
de su propia vida dentro de las paredes de este laberinto?
—El laberinto es, por excelencia, el escenario del deseo. Uno no entra a un laberinto para encontrar la salida de inmediato; entra por el morbo de perderse, por la tensión de lo que aguarda a la vuelta de la esquina. La sicalipsis funciona igual: es el arte de la sugerencia, el suspenso de la piel antes del tacto. En el libro hay una costura en hilo que el lector debe decidir qué hacer con ella... La decisión es un acto profundamente sicalíptico, casi un desvestir la palabra.
Hoy, Olaff Crown está poniendo a consideración del público su reciente trabajo Instructivo para habitar un laberinto del que señala:
—Este proyecto empezó hace unos años. Recuerdo una agenda holandesa que llegó a mis manos y me produjo gran curiosidad la manera como estaba construida. De allí me surgió la idea de hacer un libro en el que uno pudiera interactuar con él.
Llegó un momento en el que decidí compilar algunos de mis escritos. Me di a la tarea de revisarlos y pulirlos y opté por estructurara un libro con una propuesta diferente.
El libro tiene una
estructura especial, también fue escrito en un lenguaje particular en el que
los pasajes surrealistas, diálogos existenciales, poemas visuales, invitan a
reflexionar sobre el deseo, la memoria, el fracaso y otros temas de importancia.
¿Qué está entregando a consideración de los lectores?
Comencemos por definir que un libro es realmente un
contenedor de textos. Yo estoy presentando algo distinto: un «libro objeto». Es
una «instalación artística
portable» como le llamo yo. Es un contenedor, no de textos, sino de
experiencias sensoriales para que los lectores puedan interactuar con el libro.
Para que la obra o relato ocurra.
Creo que
el libro es un dispositivo artístico que invita al lector a perderse dentro de
él, a cruzar el laberinto, a sorprenderse porque las salidas a veces no están
habilitadas sino que están fuera de servicio. Introducir al lector en el
laberinto es la propuesta misma del libro.
Ya he leído su
libro y he observado que en él hay especiales contrastes. Por ejemplo, al
tacto, la aspereza del papel lija contrasta con la frialdad metálica de un
papel espejo que no es espejo. Al pasar las hojas, hay un crujido seco, casi
orgánico, y un aroma a musgo en sus hojas que evoca bibliotecas antiguas o
selvas milenarias. ¿Por qué someter al lector a esta experiencia física en una
época donde todo se resuelve con el roce frío de una pantalla táctil?
—Porque
la pantalla nos ha vuelto espectadores distantes, consumidores de la inmediatez;
eso anestesia el cuerpo. Yo quería que el lector volviera a ser un explorador.
Que para avanzar tuviera que abrir huecos, que sintiera la textura del pergamino como quien acaricia la niebla. Al ver una página en blanco o al frotar el papel para percibir
su textura, el lector deja su propia huella dactilar en la obra. El libro se
degrada y se transforma con el uso. Al final, no tienes un libro mío, tienes un
registro de tu propio paso por el laberinto.
Si nos adentramos en el libro
encontramos que el autor nos dice que funciona como «un hospital de palabras donde se hacen trasplantes de vértebras para
que las palabras caminen erguidas». Esto me lleva a indagar ¿cómo fue el
proceso de escritura?
—Primero
hice un compilado de textos que tenía guardados y me di cuenta de los muchos
relatos, poemas que tenía engavetados. Estaban dentro de un mundo normal, un
mundo que no hacía daño, pero que tampoco cuestionaba nada.
Hablaba
de cosas comunes: el amor, el desamor, del dolor pero con palabras empalagosas,
diría yo. Entonces empecé a estructurar las mismas historias pero desde la
fractura del ser humano, desde las cicatrices que la vida deja, desde el dolor
que algunos sucesos producen, desde el éxtasis al que a veces nos lanzan.
Abordé el deseo, la lujuria, pero desde un punto de vista más elaborado. Traté de
evitar los escritos en los que uno se vuelca emocionalmente y escribe lo que
siente. Esta vez quise recapturar todas esas emociones y vivencias pero desde
otra perspectiva, desde un ángulo científico, quizá sin certezas, pero lleno de
realidades. Creo que ese tipo de interacciones humanas tienen algo que ver con
el mundo cuántico.
Usted con su libro provoca al
lector para que se pierda en él pues como su nombre lo indica está planteado
como un laberinto real y de paso advierte a quien lee: «Si llegó buscando una salida ya se perdió». Esto hace que el lector
se dedique a la lectura con mayor atención de la normal. Este es el propósito?
—Uno a
veces no sabe si llamar contagio o vicio pues algunos grandes escritores como
Cortázar con Rayuela o Borges con el Aleph, abordan temas de alguna manera
laberíntica pero desde un plano más estructural, más físico. A mí se me ocurrió como contraparte a lo
realizado por ellos hacer un laberinto que fuera más de las emociones.
Cuando
la persona lee, empieza a percibir que el laberinto no está realizado realmente
de paredes sino de emociones humanas. Además el libro contiene algunos
homenajes a varios escritores como Cortázar, entre otros.
Recordemos
que el libro de Cortázar comienza dando unas instrucciones para su lectura pero
es básicamente una instrucción sin fundamento. Mi libro también propone que se
puede leer antes o después de la página 181 cuando en realidad el libro tiene
solo 168 páginas. Esto también rompe el esquema instructivo ya que obliga al
lector a la observación y a una lectura cuidadosa.
Usted asegura que la gran poseía
no convence que «obliga a la realidad a pedir disculpas por ser insuficiente».
Usted trabaja con la poesía. ¿Qué lo lleva finalmente a afirmar que esta es la
«mentira más hermosa?».
—Los que
ejercemos este oficio, tú, yo, otras personas, sabemos que al escribir el
lenguaje se nos queda corto. Hay emociones, sentimientos, pensamientos
realmente difíciles de trasmitir. ¿Cómo trasmitir al lector un momento de
verdadero dolor que como escritor siento y cómo lo escribo para que la gente se
ponga en los zapatos míos y pueda sentir lo que yo siento al momento de
escribir el poema?.
Por eso
creo que nos quedamos al límite, nos quedamos al borde y creamos una mentira bonita.
Lo de la mentira más hermosa es una
sentencia eficiente en este momento y en este aspecto del libro porque la gran
poesía no convence, porque a veces las palabras no alcanzan para las
definiciones que queremos.
¿Considera usted que nuestro
lenguaje actual está en crisis y que de verdad como lo expresa en su libro
«necesita las muletas del sentido común para seguir funcionando»?
—De
pronto puedo pensar en un futuro libro ya que lo que está pasando con el idioma
y con las palabras que usamos cotidianamente, que muchas de ellas se están
olvidando, a otras les estamos dando un significado que no les corresponde, las
estamos desgastando. Creo que esto cabría perfectamente en el Hospital de las
palabras para internarlas y diagnosticarlas y tratar de curarlas aunque muchas
de ellas no se van a dejar y otras seguirán teniendo su propio valor.
Lo urbano no es ajeno en su libro
pues habla de ciudades construidas «con
polvo de los relojes y arena de ojos tras llorar». Yo le pregunto si la
modernidad es como usted lo señala es «la
capital de lo provisional condenada a derrumbarse constantemente».
—El tema
de la ciudad tal como yo lo creo es que la ciudad siempre va a estar como en
una etapa de construcción y demolición. Lo que nunca cambia es la esencia misma
de la ciudad. Bogotá va a ser siempre Bogotá así le pongan jardines fastuosos o
torres especiales. Lo importante es que conserva su esencia única, inamovible
porque cada ciudad tiene su propio carácter, su personalidad.
Dice además usted Olaff, que la
belleza de las ciudades es un acto de resistencia. ¿Por qué?
—Por lo
mismo que plantee anteriormente. Es decir, las ciudades por mucho que
evolucionen, las maquillen siempre van a tener ese corazón particular, esa
esencia única, ese aroma propio debajo del asfalto en sus callejones.
¿Qué espera finalmente que los
lectores encuentren en Instructivo para habitar un laberinto?
—El
libro no busca mejorar a nadie, no da respuestas, no tiene un orden correcto,
pero si pretende desarmar el lenguaje, la forma estructural de un libro normal.
Contrario a un manual de autoayuda que busca sacarte de un problema mi libro es
un formato artístico que invita a perderte, a vivir dentro de esa estructura
extraña que él tiene.
Creo
definitivamente que el libro es especial en su propuesta: es un objeto que se
lee. La forma en la que están estructuradas las historias, busqué un lenguaje
que atrajera al lector para que reflexione para que ponga de su parte, para
crear debate o pensamiento crítico. El manifiesto del libro que abre el mundo
al laberinto es un manifiesto de lo que la gente puede esperar a medida que
avance por el libro.
Es bueno
observar que el libro está construido con varios tipos de materiales, papel
propalcote, bond, papel reciclado, pergamino. Pienso que el libro es una
instalación artística portable porque cada libro es único. Es una edición
limitada. Ninguno de los libros va a ser igual por eso va acompañado de un
certificado de autenticidad.
El libro tiene hojas rotas, tiene colores, coceduras en hilo, tiene llaves, es un libro alejado de lo normal por eso creo que la denominación de pieza portable va muy bien con el titulo dado.
Queda claro, que
perderse en los vericuetos de su libro, paradójicamente, una forma de
encontrarse a salvo de un mundo hiperconectado y predecible. Para cerrar, Olaff,
si este libro es un "hospital de palabras", ¿cuál cree que es la
primera palabra que saldrá recuperada y de alta una vez que el lector cierre la
última página?
Creo que la palabra «asombro». Hoy todo está resuelto por algoritmos que nos dicen qué leer, qué escuchar y cómo sentir. Si al cerrar este laberinto el lector recupera la capacidad de dudar, de tocar un papel y sorprenderse porque una página se abre diferente, se lee si la atraviesas, habremos salvado la palabra asombro de su letargo. El laberinto no se cierra realmente; se queda habitando en quien lo recorre.
¿Finalmente, dónde se puede conseguir Instructivo para habitar un
laberinto?
Información y ventas teléfono 300-402-9916


