28 de enero de 2013

“La Anunciación”, Fra Angélico, pintor, 1439-1445





Pintor: Fra Angélico o Guido di Pietro
Título: “La Anunciación”
Técnica: Óleo sobre lienzo
Año: 1439-1445
Medidas 256 X 334 cm
MUSEO DI SAN MARCO, FLORENCIA, ITALIA

La Anunciación, pintada en esas paredes, describe la aparición del Ángel Gabriel a la Virgen María, la unión en Cristo de la Divinidad y la Humanidad. Es una de las pinturas más famosas de Fra Angélico.

Guido di Pietro, conocido como Fra Angélico, nació en 1387, cerca de Vicchio, pequeño poblado de la Toscana. A los veinte años, después de escuchar a un destacado predicador, decidió dedicar su vida a la religión; ingresó en el Monasterio de San Dominico, en Fiésole. Al convertirse en novicio dominico, escogió el nombre de Fra Giovani da Fiésole. Más tarde, sin embargo, a causa de su tendencia a incluir ángeles en muchas de sus pinturas, fue conocido como Fra Angélico, o «el ángel bendito».


En 1409, el Concilio de Pisa trató de poner término a la rivalidad entre los tronos papales de Roma y de Avignon, eligiendo un tercer Papa. Esto causó una confusión considerable entre la masa de creyentes. Debido a que Fra Angélico y su hermano Benedetto - que había ingresado en una orden religiosa - se mostraron partidarios del Papa de Roma, no tuvieron más remedio que abandonar el Monasterio de Fiésale. Viajaron juntos por la región florentina, hasta Cortona, donde vivieron durante cinco años. En 1418, el Concilio de Constanza zanjó la disputa papal y eligió Papa a Martin V; esto permitió a Angélico y a su hermano regresar a Fiésole, donde permanecieron hasta 1435. Fra Angélico empezó a pintar hacia 1418, después de su encuentro con Don Lorenzo Monaco, famoso miniaturista, y pasó algún tiempo iluminando manuscritos en el monasterio. La primera obra importante de Fra Angélico fue una Anunciación para el Monasterio de San Alessandro en Brescia, en 1432. Al año siguiente, el gremio florentino de lenceros le encargó la pintura de un retablo.

Angélico tuvo muchos alumnos y ayudantes que colaboraban con él, de modo que muchas pinturas que se le atribuyen son, en realidad, obra de su taller. En 1435, la
Hermandad de Angélico se trasladó a Florencia, por entonces bajo el dominio de Cósimo de Médicis, abuelo de Lorenzo. Bajo la protección de Cósimo, Fra Angélico decoró los vestíbulos, los pasillos y las celdas de su monasterio. En 1442, fue invitado a Roma por el Papa Eugenio IV, y pintó alli una serie de frescos.

En 1449, Fra Angélico, considerado el artista más famoso de su época, regresó a Fiésole. Murió en 1455, durante otra estancia en Roma.  La pintura de Fra Angélico se distingue por su profundo contenido religioso. Como miembro de una Orden dominica, pasó su vida enclaustrado y su arte se desarrolló al servicio de la Iglesia. Fra Angélico es uno de los últimos representantes del verdadero arte religioso del período medieval, pero introdujo en la pintura el paisaje italiano y la descripción de Cristo Niño como un muchacho de aspecto normal, en lugar de un adulto empequeñecido. Vasari, el notable historiador de arte, ha afirmado que «cada día, antes de empezar a pintar, Fra Angélico rezaba para que la inspiración divina le guiara en su trabajo». Para Fra Angélico, el Paraíso era real y podía ser pintado como una visión de dicha celestial. «Cuando pintaba una Crucifixión», escribe Vasari, «le resbalaban las lágrimas por las mejillas».

Fra Angélico pintó ángeles y santos de tanta belleza que Miguel Angel declaró: «Sin duda, este buen monje ha visitado el Paraíso.» Angélico fue conocido como un ser santo, amable y modesto, que nunca dio muestras de cólera, de envidia ni de descontento. Lo que resulta único en su trabajo es que, aunque fue un monje profundamente religioso, asimiló parte de los principios de plasticidad y de las cualidades del nuevo humanismo que echaba raíces en Italia. Fue capaz de sintetizar una expresión religiosa con una belleza mundana. Sus frescos, en las paredes del Claustro de San Marco, en los pasillos del dormitorio de los monjes y en las celdas' donde vivieron, describen escenas de la vida de Cristo, cual vívidos y constantes recordatorios para la meditación y la plegaria.